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sábado, marzo 08, 2008

jueves, diciembre 27, 2007

Goma arábiga y tinta china

1) Papá Noel me trajo un precioso libro en blanco, encuadernado a mano. Tengo guardado por ahí algún que otro cuaderno en blanco, comprado o preparado cuidadosamente por algún ser querido. Siempre me da miedo estropear estos cuadernos con escritos inútiles o dibujos fallidos. Este temor puede derivar, al menos en parte, del abuso del ordenador: uno se acostumbra a modificar, borrar, cortar, pegar, corregir los textos o las imágenes a golpe de ratón, hasta que adquieren más o menos la forma deseada. Sobre el papel, cada palabra, cada trazo, cada acto es definitivo. Hay algo de vértigo en esa idea. En esto, escribir en un cuaderno se parece a la vida.

En el fondo, el miedo al papel es una consecuencia directa de mi inseguridad. Una vez comencé a escribir en uno de estos cuadernos. Cada vez que revisaba un texto y llegaba a la conclusión de que no era lo suficientemente valioso, arrancaba las hojas. Al cabo de un tiempo me di cuenta de que al cuaderno sólo le quedaban un puñado de páginas. Las que tenían algo escrito sólo estaban esperando una futura e inclemente revisión; un poco más tarde, inevitablemente, las páginas todavía en blanco correrían la misma suerte.

El cuaderno es, como apuntaba, una metáfora de la vida. Una metáfora algo tonta, o cursi, quizá demasiado fácil; pero aún así efectiva. Podría eliminar de mi vida aquellos días que no considero perfectos, arrancar el recuerdo de mis actos como si fueran hojas. Si soy excesivamente severo, al final me quedaría tan solo con las tapas del cuaderno. La vida es necesariamente imperfecta, sucia, llena de borrones, tachones. Uno va aprendiendo a valorar todas esas incorrecciones como la materia prima que da forma a nuestras horas. El error (su acumulación) es necesario para que, de vez en cuando, surja un destello de perfección. No es un secreto el hecho de que, a menudo, un error fortuito encierra una mayor belleza, una mayor felicidad, que la más perfecta ejecución de una idea. La propia noción de lo perfecto comienza a parecerme algo sospechosa.

Digo todo esto para justificarme o para animarme: voy a empezar a utilizar los cuadernos, y no voy a arrancar las páginas. A uno le gustaría que la metáfora funcionase también de forma inversa: que cambiar la actitud ante la hoja de papel significase cambiar la actitud ante la vida. Las navidades son fechas propicias para imaginar grandes cambios y hacer promesas absurdas; por tanto, será mejor no dejarse llevar en exceso por lo simbólico, y centrarse en lo inmediato: tengo los lápices, los rotuladores, y he comprado un bote de goma arábiga... Estoy listo para mancharme.

2) La goma arábiga es para hacer collages. Recortar y pegar, como en el colegio. A veces encuentro por ahí imágenes o cosas que me atraen y que me apetecería conservar, o darles un nuevo sentido. Me gusta, por ejemplo, el cuaderno de Camilla Engman:



3) Recuerdo que en mi casa, cuando era pequeño, había goma arábiga y tinta china. Las utilizaban mis hermanos. Hay algo realmente magnífico en esos nombres: el propio acto de dibujar o de pegar adquiere connotaciones de viaje a lugares remotos.

Creo que voy a comprar un bote de tinta china. Quizá pueda adoptar a un mono de la tinta:

"Este animal abunda en las regiones del norte y tiene cuatro o cinco pulgadas de largo; está dotado de un instinto curioso; los ojos son como cornalinas, y el pelo es negro azabache, sedoso y flexible, suave como una almohada. Es muy aficionado a la tinta china, y cuando las personas escriben, se sienta con una mano sobre la otra y las piernas cruzadas esperando a que hayan concluído y se bebe el sobrante de tinta. Después vuelve a sentarse en cuclillas, y se queda tranquilo."

(Wang Ta-Hai, 1791; tomado de "El libro de los seres imaginarios" de Borges y Margarita Guerrero)

jueves, diciembre 13, 2007

París

Se va yendo, lentamente, el otoño; tras de él queda un rastro agridulce: hubo momentos buenos, pero también muchas horas muertas y una pesada capa de melancolía que lo cubría todo. Si tuviera que rescatar una única cosa de todo lo sucedido en estos meses, me quedaría con los fines de semana pasados en París con mi querida Martita.


Me quedo con las cenas que preparaba Martita en su buhardilla de 10 metros cuadrados, y que me reconfortaban después de más de siete horas de autobús; pero también con los paseos nocturnos por Sant Germain, los escaparates de Le Marais, la pequeña librería española, las tartas de chocolate en Au Lys d'Argent, ese vino "luchador"...


Hago mías las palabras de Zach Condon, el cantante y alma del grupo Beirut: "Once we got there, we kept trying to go to other places, but we didn't feel like traveling so much as being in Paris".


... pero a esa sensación de viaje, de descubrimiento continuo, de lugar inagotable, hay que sumarle un aire de familiaridad, extrañamente acogedor.


Las fotos las pone Martita; la música, claro está, Beirut.

lunes, noviembre 12, 2007

Un libro raro

En Historia de un libro raro, Luigi Serafini desvela al periodista Francesco Manetto el misterio del famoso Codex Seraphinianus. Detrás de ese imaginario extraño y deslumbrante y de ese lenguaje indescifrable no se escondía ninguna influencia extraterrestre, como sugerían algunos, ni complicados juegos matemáticos, como apuntaban otros.



El secreto era, simplemente, que no había secreto. Lo único que había que hacer era mirar el Códex con los ojos de un niño: "para descifrar el lenguaje no sirve de nada saber leer. Sólo hay que ser niño, o volver a ser pequeño. Si hubiera tenido un Codex a los cinco años habría sido feliz."

miércoles, octubre 17, 2007

Sobre Schulz

1) Recordar es buscar una forma para los fantasmas que pueblan nuestra memoria: dotarlos de un cuerpo, un rostro, una voz, un olor. Las palabras son peligrosas aliadas en esta tarea. Mientras más detallados, más precisos sean nuestros intentos de describir fielmente esos rostros y esos cuerpos y esas voces, más lejos estaremos de retener esa maraña de sombras huidizas: hasta el punto de que un recuerdo puede desvanecerse para siempre si intentamos encerrarlo en una forma que, a pesar de su aparente certeza, no es la que en esencia le corresponde. Sólo un uso poético de la palabra puede acercarnos a esta materia difusa y escurridiza, imposible de aprehender de otra manera. A menudo, la única vía para captar la esencia de la realidad es desentenderse de las normas y las ataduras que impone la propia racionalidad; es decir, desentenderse de la lógica del lenguaje cotidiano. La esencia de los recuerdos escapa siempre a nuestro raciocinio, pues se ubica en el territorio del ensueño y de la intuición; para llegar allí, y mirar (simplemente mirar), hemos de usar el lenguaje del sueño, o de la fiebre.


2) Es difícil escribir algo mínimamente valioso sobre Bruno Schulz. Difícil porque en el fondo es innecesario, si no directamente imposible: a Schulz sólo cabe leerlo. Sus relatos gozan de ese estado de ensueño, de fiebre, que permite asomarnos más allá de la realidad cotidiana y captar ese algo más. Es inútil explicar las metáforas contenidas en su obra, pues no son metáforas: son imágenes puras, estampas alucinadas de un espacio interior, de unos recuerdos oscurecidos por el tiempo y que no podrían ser recuperados de otra forma. Hemos de respetar a Schulz cuando dice:

"Yo creo que cuando se quiere racionalizar la visión de las cosas que encierra una obra de arte se desenmascara a los actores, se pone fin al juego, se empobrece la obra. No es que el arte sea un logogrifo con clave y la filosofía el mismo logogrifo que habría encontrado la respuesta. La diferencia es más profunda. En una obra de arte, el cordón umbilical que la conecta con el conjunto de nuestros problemas no está aún cortado, la sangre del misterio circula aún por él, los vasos sanguíneos sumergen sus extremidades en la noche ambiente y retornan colmados de un líquido oscuro. En una interpretación filosófica no queda más que un esquema aislado del conjunto."

3) Tin Hat se han inspirado en la obra de Schulz para componer su último disco, The Sad Machinery of Spring. La música de Tin Hat es melancólica, apacible, evocadora... pero también compleja, fragmentada, poblada de rendijas que se abren a la improvisación y a lo inesperado. Pequeñas fracturas que, asomándose a través de la belleza más o menos convencional de las composiciones, dejan entrever otra belleza, más extraña, más pura, más real. Creo que no podría exisir un mejor acompañamiento musical a la obra de Schulz.



4) Mis ejemplares de "Las tiendas de canela fina" y "El sanatorio de la clepsidra" se encuentran a unos cuantos miles de kilómetros de distancia de donde me hallo. Dejaré pasar por tanto el impulso inicial de poner alguna cita textual (ya habrá otras ocasiones y otras excusas para volver a Schulz), y me limitaré a recopilar un par de enlaces: una breve selección de textos y dibujos del escritor; y una magnífica entrada del Giornale Nuovo. Navegando a partir de ahí, el lector curioso podrá encontrar, sin duda, más de lo que espera.

Paredes

Apunto aquí algunas opciones para decorar en un futuro las paredes de mi todavía hipotético apartamento:

1) Pegar unos "wall graphics" de Blik (en colaboración con Threadless)


2) Componer algún texto a base de las letras de Wonderful graffitti


3) Empapelar la pared con algo de The Collection


4) A falta de presupuesto, apañárselas uno mismo y fabricarse un stencil

jueves, octubre 11, 2007

Geografías

1) Por motivos que no vienen al caso, me veo obligado a pasar el otoño en Holanda, en un pequeño pueblo perdido entre la monotonía del paisaje y la monotonía del clima. Por motivos que no vienen al caso, preferiría no estar aquí. La consecuencia de los dos hechos anteriores es ésta: que el tiempo se ablanda, se expande en una masa informe y viscosa que lo impregna todo y que le añade a todo una gravidez y una textura distintas, peso excesivo, formas desdibujadas. A pesar de todo, es una situación que no deja de tener un cierto interés. En algunos momentos me parece estar librando una batalla absurda contra el tiempo, intentando rellenar infructuosamente el hueco de las horas con algo más que trabajo y pereza, nadando en un lodazal de minutos y días.


2) Tras cerca de tres meses sin conexión a internet, vuelvo a reencontrarme con la vieja rutina de los blogs. Ahora que estoy en un entorno extraño, el hecho de volver a recorrer a diario ciertas webs me provoca una sensación parecida a la de regresar al hogar. No es una exageración. La geografía virtual se superpone cada vez más a la geografía real para configurar nuestro espacio de la cotidianeidad. A diferencia de tantos y tantos espacios físicos por los que me veo obligado a pasar (aeropuertos; estaciones de tren, de autobús, de metro; centros comerciales, supermercados; entornos urbanos impersonales, vacíos, fallidos), muchos blogs y webs constituyen verdaderos lugares, rebosantes de vida, de ideas, de intercambios, de calor y de pasión.

Mumford dijo: "Acaso la mejor definición de la ciudad, en sus aspectos más elevados, consiste en decir que es un lugar destinado a ofrecer las mayores facilidades para la conversación significativa". Hemos de reconocer que la ciudad ha perdido en gran medida su capacidad para ejercer esta función, llenándose de no-lugares. O quizá lo que ocurre es que debemos cambiar nuestra noción de lo que es urbano: la ciudad ha dejado de ser un hecho exclusivamente físico para fundirse con lo virtual. Apuntemos aquí la necesidad de profundizar en nuestro conocimiento de estas nuevas geografías inmateriales, geografías de la información pero también de la comunicación y del afecto.

3) Geografías virtuales y geografías imaginarias. En una de mis recientes escapadas a París, pasé por la Librería Española (ahora en la calle Littré, número 7) y compré dos libros: "El libro de los seres imaginarios" de Borges, y la "Breve guía de lugares imaginarios", de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi. Busco en la literatura los lugares que no encuentro en mi entorno real. En la "Breve guía..." encuentro, por ejemplo, el País de los Encajes, descrito por Alfred Jarry (Gestes et Opinions du Docteur Faustroll, Pataphysicien. Roman Néo-Scientifique, París, 1911):

"Reino insular situado a unas seis horas de la Isla de Her. A medida que el viajero se va acercando a la isla, aparece ante sus ojos una región de una luz deslumbrante recortada contra las sombras. Dicen que el violento y repentino contraste es tan fuerte como el que provocó el nacimiento de la luz el primer día de la Creación.

El rey de los Encajes devana esta luz brillante y teje cuadros de vírgenes, joyas, pavos reales y figuras humanas que se entrelazan como en las danzas de las jóvenes del Rin. Motivos nítidos se dibujan contra la oscuridad absoluta del aire como las formas que en las ventanas pinta la escarcha, para desaparecer luego entre las sombras."
(He estado paseando a orillas del Rin. La luz era mortecina, y no había ni rastro de las muchachas danzantes... He vuelto a casa y me he sumergido de nuevo en las páginas del libro...)

jueves, julio 19, 2007

(Ocho) cosas que nunca te dije

Juanjo me reta a que cuente 8 cosas 8 que los lectores probablemente desconocen de mí. Dado que no suelo comentar aquí nada acerca de mi vida privada, la tarea es fácil. Otra cosa es que lo que cuente tenga algún interés. Veamos...

1) Mi hermano nació un 11 de noviembre (11 del 11), mi hermana un 4 de abril (4 del 4); mi venida al mundo estaba estratégicamente prevista un 2 de febrero (2 del 2). Haciendo gala de mi proverbial falta de iniciativa desde el mismo momento de mi nacimiento, decidí que no me apetecía salir tan pronto. Me sacaron con un chupón el día 3 de febrero, rompiéndose así lo que habría podido ser una bonita tradición familiar.

2) Como consecuencia de lo anterior, mi coronilla luce una magnífica cicatriz en forma de media luna. No se me ve por culpa de (o gracias a) mi considerable mata de pelo, pero si algún día me quedo calvo la cosa puede ser bastante llamativa. Una luna en la cabeza no es moco de pavo; leo en el diccionario de símbolos de Cirlot que la vía lunar representa la "intuición, la imaginación, la magia", frente a la vía solar ("razón, reflexión, objetividad"); "en aspecto negativo, alude a los errores, fantasía arbitraria, impresionabilidad imaginativa, etc."

3) Después del punto 1, no hace falta insistir en que mi primer pecado capital es la pereza. Mi droga es la siesta: necesito una pequeña dosis de evasión completa de la realidad a mitad de la jornada. No puedo dormir la siesta si no es con una almohada y una manta que me tape los riñones (incluso en verano). En realidad, soy incapaz de dormir sin almohada, ni de día ni de noche. Utilizo la almohada en paralelo al cuerpo, y duermo abrazado a ella. No creo que esto se derive de ninguna carencia afectiva o sexual: he probado a sustituir la almohada por una persona amada pero no me funciona, soy incapaz de dormir abrazado a nadie.

4) Mi segundo pecado capital es la gula, mi perdición el chocolate. Entre mis amigos tengo fama de ser la persona con más habilidad para mancharse de chocolate del mundo. Exageran. Al menos un poco. A lo mejor es cierto.

5) Amo la música, pero no poseo ningún talento musical. Mis dedos se tornan butifarras en cuanto cojo una guitarra. Lo cual no me ha impedido, por otra parte, montar un grupo con mis amigos. La única condición para formar parte de la banda es no tener pericia con el instrumento que se vaya a tocar; nuestro estilo, evidentemente, se podría calificar como "experimental". A lo largo de 7 u 8 años hemos llegado a componer una canción y a realizar una versión de otra. Poco a poco...

6) Me gusta dibujar. Desde mi más tierna infancia he contribuido incansablemente a la deforestación del Amazonas rellenando miles de folios con garabatos y bocetos. Alguien me aconsejó en su día que estudiara Bellas Artes. Mi madre me quitó la idea de la cabeza: ser artista equivale en un 99% de los casos a morirse de hambre. Desde entonces, entre otras cosas, se ha reforzado considerablemente mi aprecio por todo lo minoritario, lo marginal.

7) Soy incapaz de memorizar los nombres de las plantas y de los animales; por más que lo intento, no consigo retener convenientemente en mi cabeza las distintas especies de pino presentes en la Península; prefiero mil veces la ciudad al campo; no entiendo el interés de alguna gente por observar pájaros o por reconocer excrementos de animales salvajes; siendo generoso, puedo afirmar que el medio ambiente representa una mínima parte de mis intereses, preocupaciones y desvelos. Estudié la carrera de Ciencias Ambientales. Ahora me dedico a la ecología urbana. En este sentido, le debo más a Italo Calvino que a Odum o a Margalef o a Terradas.

8) Cuando sea mayor quiero tener una librería. Una librería de las que quedan pocas, de esas sin libros de Dan Brown ni de César Vidal apilados a la entrada. Una librería con sillones cómodos para sentarse a leer y a charlar, con altas estanterías de madera oscura repletas de bestiarios medievales, de manuales de cábala, de viejos tratados de arquitectura, de cuentos infantiles victorianos; la librería tendrá un espacio para pequeñas actuaciones y conciertos; un día invitaré a Chan Marshall a tocar "Sea of love" rodeada de libros y de velas. (La sentencia de mi madre retumba en mi cabeza: poner una librería en Sevilla es morirse de hambre...)

lunes, julio 16, 2007

Heartland

Acabó el curso de verano que un lejano día de enero decidí organizar junto con mi pequeña Martita, y que tantos quebraderos de cabeza nos ha traído desde entonces. La cosa ha culminado finalmente con una semana de agobios, de carreras, de falta de sueño; pero también de pequeñas satisfacciones, nuevos amigos y una renovada ilusión por el trabajo. Para compensar, un fin de semana dedicado exclusivamente a comer, dormir y pasear. Ahora toca la vuelta a la rutina, lo que incluye también, como no, la vuelta al blog, a las lecturas pendientes, a la música, a los proyectos infinitamente aplazados...

Es tarde. Cansancio y acumulación de pensamientos. De alguna forma, los últimos días marcan un punto de inflexión. Me invade un extraño sentimiento. Quizá se pueda definir como nostalgia, unida a una cierta sensación de empuje, de avance. Voy dejando algo atrás: a lo mejor es ese conjunto de miedos y temores al que me había acostumbrado demasiado, hasta el punto de convertirse en una parte inalienable de mi ser; avanzo, algo menos inseguro que ayer, hacia algún sitio difuso y resplandeciente. Acaso la paz dorada y la ingenua alegría de las viejas tardes de verano...

Las palabras no acuden en mi ayuda; recurramos a la música:

lunes, junio 11, 2007

Paraíso

Suelta la maleta encima de la cama. Se acerca a la ventana, descorre la cortina. Contempla el bosque que se extiende infinito hacia el horizonte. Inspira lentamente, espira. Intenta olvidar (repasa pormenorizadamente) las gestiones del día, los pequeños errores, los kilómetros de carretera. Decide darse una ducha: el agua fría arranca la costra de las horas muertas, el humo de las conversaciones inanes. Luego, frente al espejo, despega de su cara la sonrisa falsa; con esfuerzo: está demasiado pegada.

Coge del bolso papel y bolígrafo y se tumba boca abajo en la cama, desnudo sobre la toalla. Escribe unas palabras, las primeras que se le pasan por la cabeza (las mismas que le han acompañado todo el día, durante las horas muertas, las conversaciones inanes, los kilómetros de carretera):

"El leopardo, finalmente, asume su derrota:abandona la selva y se encamina a la ciudad.
Llega al mediodía, el sol quema y la ciudad bulle con el ajetreo del mercado.
Se deleita largamente con los olores que se desprenden de las tiendas, de los templos y los prostíbulos;
recibe la caricia de un mendigo ciego;
admira los reflejos del atardecer sobre las cúpulas doradas;
la noche lo sorprende merodeando por los alrededores de la biblioteca.
Al amanecer, le dan muerte:
dormía entre las hojas de un improvisado lecho, en el jardín oriental, delante del museo."

Y luego hace lo de siempre. Dobla el papel cuidadosamente, en varios pliegues; incorporado sobre un costado, se inclina levemente para colocar el papel bajo la cama. Hace tiempo que dejó de ser una extravagancia para convertirse en una necesidad: dejar notas, poemas, pequeños dibujos anónimos; en cada hotel, en cada pensión; a veces, también, bajo el servilletero de la cafetería, en el servicio de la gasolinera. "Son como las botellas lanzadas al mar por el náufrago", piensa. "Pero en el mensaje no aparecen las coordenadas de ninguna isla desierta".

El cuerpo está cansado, el movimiento del brazo es torpe: el papel cae justo al borde de la cama. Se inclina un poco más y con algo de esfuerzo empuja el papel hacia el fondo, internando la mano en la oscuridad. Los dedos rozan algo allí: es otro pedazo de papel. Lo saca, es un folio doblado. Está escrito a mano, con una caligrafía delicada. Lee, excitado:

"Nunca nadie se había parado a pensar en qué habría detrás de aquella tapia, en la parte de atrás de la vieja casona abandonada. Un día decidimos trepar el muro y explorar. Echamos a suertes a quién le tocaría primero: no salí yo. El elegido trepó la tapia con apenas esfuerzo, era el más hábil de todos. Lo vimos incorporarse en lo alto, con pose triunfal, y mirar hacia el otro lado. Tenía el rostro iluminado. "¿Qué se ve?" "¿Hay algo?" Se dejó caer hacia el otro lado, sin decir una palabra. Nadie se atrevió a seguirle. Esperamos un rato. No regresaba. Al cabo de una hora nos fuimos. No volvimos a verle. Nunca comentamos a nadie cómo ni dónde desapareció.

Años más tarde leí que aún subsisten en la tierra fragmentos del paraíso terrenal, escondidos unos en lugares recónditos, ocultos otros bajo el disfraz de lo mundano. A veces, es suficiente con saltar el muro."

domingo, febrero 18, 2007

Tríptico críptico

1) Las babas le corren barbilla abajo: primero un hilillo luego es como una fuente la boca un río que se desborda; una inundación de babas blancas, babas viscosas que invaden la sábana la almohada la ropa; observo como las babas avanzan me persiguen me alcanzan me golpean me aturden; estamos atrapados entre las babas, estamos pegados, no hay forma de escapar, las babas llenan la habitación cubren la puerta y las ventanas; no hay más que babas, babas para siempre jamás; ya no hay agobio ni preocupación: sólo las babas, la paz pegajosa y blanca de las babas.

2)
Entonces le descerraja un tiro en la barriga, así sin más; un grito ahogado y al momento el chorro negro que la mano inútil no logra contener, un chorro negro que cae por la ropa que tiñe el suelo de una oscuridad pringosa que repta y avanza de forma caótica sobre las baldosas y no para hasta alcanzar los zapatos del otro: mierda, dice, es tinta, qué carajo, puta tinta china, y los zapatos recién a estrenar.

3)
Se va corriendo hacia una esquina del cuarto, sollozando, no es justo, no es justo; él la observa con fastidio, vamos, tampoco es para tanto, no hay que exagerar; y ella en el rincón con las manos tapándose la cara porque le da vergüenza llorar delante del otro, oye, perdóname no pretendía, déjame en paz, ven aquí te digo; se acerca, le coge las manos, casi con violencia, no seas así, y entonces ve la sangre manando de sus ojos, manchando sus manos, está llorando sangre, él pega un grito y retrocede un par de pasos y entonces ella sonríe al ver su cara de pánico, siempre pasa igual, estos idiotas se asustan nada más ver un poco de sangre, qué idiotas todos.